La ciudad de Uberaba, en Brasil, es el epicentro de la industria ganadera del país, y el hogar de la ExpoZebu, una feria anual que celebra la “supervaca” cebú. Esta raza de ganado genéticamente avanzada, conocida por su imponente tamaño de hasta 1,80 metros de altura, sus cuernos grandes y su piel blanca, es el secreto detrás del liderazgo de Brasil como el mayor exportador mundial de carne vacuna. En 2024, el país exportó 2,9 millones de toneladas, un logro que sus productores buscan duplicar.

La genética de los cebúes es tan valiosa que en la feria ExpoZebu se han llegado a vender ejemplares por hasta US$4 millones. Su material genético, como el del famoso toro “Gabriel” que engendró 600.000 crías, es clave para la próxima generación de vacas. Para su presentación, los animales son tratados como celebridades, con un equipo de asistentes o “vaqueiros” que los bañan, les cortan el pelo y los preparan para las exhibiciones y subastas, donde los productores pujan por los mejores ejemplares.
El éxito de los cebúes en Brasil no es una casualidad. A fines del siglo XIX, Brasil importó más de 2.000 cebúes de la India, ya que el ganado criollo no era apto para los ambientes tropicales. Los cebúes, con sus patas más largas, su metabolismo más lento y su resistencia a las plagas y enfermedades, demostraron ser la solución perfecta para expandir la producción hacia el norte, a regiones como la cuenca del Amazonas. El crecimiento de la industria ganadera en el siglo XX, impulsado por las Guerras Mundiales, dio lugar a una influyente fuerza política en Brasil, conocida como “BBB” (bala, buey y Biblia), que defiende los intereses del agronegocio en el Congreso.

A pesar de los beneficios económicos, la ganadería a gran escala tiene un alto costo ambiental. Los cebúes emiten metano, un potente gas de efecto invernadero, y la expansión de los pastizales ha provocado la deforestación de la Amazonía. Sin embargo, los científicos señalan que la rápida tasa de crecimiento del cebú permite producir más carne en menos tiempo, lo que se traduce en menos emisiones y un menor uso de la tierra por kilo de carne producida. La genética de estos animales podría ser la solución para que otros países con climas cálidos y pastos menos abundantes puedan aumentar su producción
