James Cameron, el visionario detrás de blockbusters como Titanic y Avatar, ha encendido un nuevo debate en Hollywood al cuestionar frontalmente la participación de películas de Netflix en los Premios de la Academia. En una entrevista reciente, el cineasta canadiense de 71 años argumentó que las producciones diseñadas para streaming no deberían calificar para los Oscar a menos que cumplan con requisitos estrictos de exhibición en salas de cine, criticando los estrenos limitados como “carnada para ingenuos” y defendiendo la experiencia colectiva del séptimo arte como pilar fundamental de la industria.
Las declaraciones de Cameron surgieron durante su aparición en el podcast The Town With Matthew Belloni, donde fue consultado sobre las ambiciosas movidas de Netflix en el mercado de estudios tradicionales. El contexto no podía ser más candente: la plataforma de streaming está en negociaciones avanzadas para adquirir Warner Bros. Discovery, un movimiento que Cameron calificó como “un desastre” potencial, expresando su esperanza de que compañías como Paramount mantengan su independencia. En este marco, el director aludió a las recientes afirmaciones de Ted Sarandos, CEO de Netflix, quien proclamó que “las películas en salas están muertas”, aunque la compañía ha prometido preservar los estrenos cinematográficos si cierra la compra. “Espero que Paramount no sea comprada por Netflix, sería un desastre”, sentenció Cameron, antes de profundizar en su visión sobre los premios.

El núcleo de su crítica radica en la evolución de las reglas de la Academia, que desde 2019 ha permitido que filmes de streaming compitan en igualdad de condiciones. La pionera fue Roma de Alfonso Cuarón, que ganó el Oscar a Mejor Dirección y Dirección Cinematográfica, seguida por otros títulos como El Irlandés de Martin Scorsese, El Juicio de los 7 de Chicago de Aaron Sorkin, El Poder del Perro de Jane Campion (Mejor Dirección en 2022) y la reciente Emilia Pérez. Sin embargo, ninguna de estas ha alzado el galardón a Mejor Película, un hito que Cameron atribuye a la desconexión con la esencia del cine. “La película se estrenará una semana o diez días. Seremos considerados para el Oscar. Verás, creo que eso es fundamentalmente pésimo”, disparó el director, refiriéndose a la estrategia de “estrenos token” –ventanas mínimas en cines para cumplir requisitos de elegibilidad antes de aterrizar en plataformas.
Cameron propone una reforma radical: limitar la competencia a películas que se exhiban en al menos 2.000 salas durante un mes completo, diferenciando entre producciones de estudios y las independientes. Para él, esta medida preservaría el alma del cine, que radica en la “sala oscura, la pantalla gigante y la experiencia compartida con extraños”. “Los Premios de la Academia no significan nada para mí si no significan cine”, remató con contundencia, evocando su propia trayectoria galardonada: Titanic se llevó 11 Oscars en 1998, incluyendo Mejor Película y Dirección; Avatar acumuló nueve nominaciones en 2010; y su secuela The Way of Water compitió en 2023 por varios premios técnicos. Con Avatar: Fire and Ash programada para diciembre de este año, Cameron no solo habla desde la nostalgia, sino desde la atalaya de un industria que, según él, arriesga su identidad ante el auge digital.

Aunque la Academia no ha respondido de inmediato a estas palabras, el eco en Hollywood es inmediato. Netflix, que ha invertido miles de millones en contenido original para posicionarse en los awards season –con planes para 2025 que incluyen títulos como Frankenstein y Train Dreams, ambos con estrenos limitados–, defiende su modelo como democratizador del acceso global. Sarandos, por su parte, ha insistido en que el futuro del entretenimiento trasciende las salas físicas, un mantra que choca de frente con la defensa cameroniana del ritual cinematográfico. Expertos en la industria ven en esta polémica un síntoma de las fracturas post-pandemia, donde el streaming ha capturado el 40% del mercado, pero las salas siguen siendo el santo grial para la legitimidad artística.
El pronunciamiento de Cameron no es aislado: figuras como Scorsese y Steven Spielberg han criticado previamente la “tvificación” del cine, pero su peso como taquillero supremo –con ingresos globales superiores a los 7.800 millones de dólares– añade un matiz económico al debate. Mientras Netflix avanza en su ofensiva corporativa, las palabras del director resuenan como un llamado a las armas: ¿sobrevivirá el cine tal como lo conocemos, o los Oscar se convertirán en un premio al algoritmo? En un año donde la Academia busca equilibrar tradición e innovación, Cameron ha lanzado la primera gran piedra, recordándonos que, para algunos, el verdadero blockbuster no es la taquilla, sino la batalla por el alma de la pantalla grande.









