La madrugada del 3 de enero de 2026 marcó un cambio de paradigma en el uso de armamento de precisión en el continente. Tras analizar los fragmentos recuperados en diversas zonas de Caracas, autoridades venezolanas y el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) confirmaron que las fuerzas estadounidenses emplearon la serie AGM-154 Joint Standoff Weapon (JSOW), específicamente la variante C1. Este armamento de alta tecnología fue fundamental para neutralizar los sistemas antiaéreos Buk-M2E y los radares 9S510E, permitiendo que las fuerzas especiales se infiltraran en la capital con una resistencia mínima por parte de la defensa aérea nacional.
La variante AGM-154C1 utilizada en la operación está diseñada para penetrar objetivos fortificados y búnkeres de mando. Su principal ventaja estratégica radica en su capacidad de planeo, lo que permite su lanzamiento desde una distancia de aproximadamente 100 kilómetros. Al operar bajo la modalidad stand-off, aviones como los F/A-18 Super Hornet y los F-35A pudieron destruir blancos estratégicos en Caracas sin necesidad de sobrevolar el espacio aéreo protegido por misiles tierra-aire. Esta combinación de sigilo, guía infrarroja y largo alcance garantizó que la supremacía aérea estadounidense fuera absoluta durante las horas críticas de la captura de Nicolás Maduro.
Aunque el IVIC reportó daños severos en sus instalaciones, expertos de Zona Militar sugieren que el uso de estas bombas planeadoras buscaba la máxima precisión para evitar víctimas civiles innecesarias, a pesar de los daños colaterales inevitables en infraestructuras cercanas a los centros de mando. La operación también incluyó un despliegue masivo de guerra electrónica que cegó los radares de vigilancia, permitiendo que el JSOW cumpliera su misión con una tasa de éxito casi total. Este evento confirma que la estrategia del Pentágono en 2026 prioriza la neutralización remota de defensas antes de cualquier incursión de personal en territorio hostil.








