Por: Mónica Carriel Gómez
El caso de Micaela Morales —la ecuatoriana y su doble involuntaria argentina— demuestra que el periodismo puede fallar de muchas maneras, pero que cuando falla con pereza y entusiasmo, el resultado suele ser devastador. No fue un error humano, de esos que se corrigen con una fe de erratas y un café cargado. Fue negligencia con luces, sensacionalismo con presupuesto y una peligrosa frivolidad frente al poder brutal de una imagen mal puesta en el lugar equivocado. Aquí el periodismo no se equivocó: improvisó, que es peor y más barato.
La historia era perfecta para el banquete mediático. Tenía apellido, herencia, corrupción, crimen organizado, lujo, muerte violenta y una mujer joven para adornar el relato. Micaela Morales, hija de Carlos Luis Morales —exprefecto, figura pública y cadáver político con grillete incluido— aparecía vinculada sentimentalmente con alias “Marino”, cabecilla de Los Lagartos, asesinado a balazos en Isla Mocolí, ese paraíso donde las rejas, los guardias y las urbanizaciones prometen seguridad… hasta que llegan diez hombres armados y te recuerdan en qué país vives. Ella salió del país y el morbo entró por la puerta grande.
Entonces apareció el infaltable “análisis”. Ese género noble que, mal usado, sirve para justificar cualquier cosa. Narcocultura, lujo, “muñecas de la mafia”. Un cóctel viejo, machista y rentable, donde la reflexión social es apenas una excusa para mostrar cuerpos, bolsos caros y vidas ajenas. Para ilustrar semejante profundidad intelectual, Ecuavisa decidió hacer lo que hoy se llama “investigación”: entrar a Instagram y elegir las fotos de una mujer con un rostro que combinaba perfecto con el prejuicio. El detalle —mínimo, irrelevante, casi molesto— es que la mujer de las fotos no era Micaela Morales, la ecuatoriana. Era una joven argentina, residente en España, sin vínculos con Ecuador, con el narcotráfico ni con ningún muerto célebre. Pero era rubia, viajaba, mostraba lujos y sonreía en redes. En el periodismo perezoso, eso basta para una condena simbólica.
Las consecuencias no tardaron. La Micaela equivocada empezó a recibir insultos, amenazas de muerte, acusaciones criminales y mensajes sobre un padre corrupto que jamás existió. El miedo fue real, tangible, cotidiano. Buscó al canal y recibió silencio. Contactó a un periodista del medio y fue bloqueada. El periodismo, tan valiente frente al poder resultaba muy tímido frente a su propio error. El caso se volvió público no porque el canal asumiera su responsabilidad, sino porque Mónica Velásquez y Andersson Boscán hicieron lo que el medio no quiso: contar la verdad. Un detalle incómodo que agrava todo: la corrección no nació del rigor, sino de la vergüenza ajena.
Aquí no hay solo un error puntual. Hay un problema estructural: redes sociales usadas como banco de imágenes, mujeres convertidas en decoración narrativa del crimen, y una asimetría brutal donde un medio nacional se equivoca y una ciudadana común paga con miedo, daño reputacional y terror digital. No se trata de discutir si la Micaela ecuatoriana era o no personaje público. Ese es un debate tramposo. Se trata de límites, de método y de humanidad. En un país devorado por el crimen organizado, una foto mal atribuida no es un desliz: es una sentencia simbólica. Borrar no basta. Rectificar no alcanza. Hay que asumir, disculparse y revisar prácticas. Porque cuando investigar se confunde con googlear, el periodismo deja de informar… y empieza a arruinar vidas.








