El Fujian, el tercer portaaviones de la Armada del Ejército Popular de Liberación y la apuesta más ambiciosa de China para proyectar poder en aguas profundas, se encuentra bajo el escrutinio internacional debido a una serie de defectos estructurales. Aunque el navío fue diseñado para demostrar paridad tecnológica con los superportaaviones de Estados Unidos al incorporar catapultas electromagnéticas (EMALS), informes técnicos revelan que fallas críticas en su ejecución limitan seriamente su efectividad en combate. La transición apresurada de un sistema de vapor a uno electromagnético durante su construcción habría provocado desajustes insalvables en la arquitectura del buque.
Entre las deficiencias más graves destacan la ubicación de las catapultas, las cuales interfieren directamente con las maniobras de aterrizaje y el uso de los elevadores de aeronaves, generando cuellos de botella que ralentizan el ritmo de despegues. Además, a diferencia de sus contrapartes estadounidenses, el Fujian cuenta con propulsión convencional, lo que reduce drásticamente su autonomía operativa y lo obliga a depender constantemente de buques de apoyo. La disposición de la “isla” o superestructura central también ha sido criticada por reducir el espacio útil en cubierta, un factor determinante en conflictos navales de alta intensidad.
Este panorama técnico se ve agravado por un entorno político convulso. Un escándalo de corrupción de alto nivel que involucra al general Zhang Youxia ha levantado sospechas sobre posibles filtraciones de inteligencia extranjera y deficiencias en el control de calidad del estamento militar chino. En conjunto, estos obstáculos estructurales sugieren que, a pesar de los avances visuales, Pekín aún enfrenta una brecha significativa en la operatividad real de su flota de portaaviones frente a las potencias occidentales.








