El portaaviones de clase Gerald R. Ford, con una inversión aproximada de 13000 millones de dólares por unidad, representa la apuesta definitiva de Estados Unidos para reemplazar a la envejecida flota de clase Nimitz. Aunque el programa ha enfrentado severas críticas por retrasos derivados de la implementación de tecnologías de vanguardia, como el sistema electromagnético de lanzamiento de aeronaves, su capacidad operativa es superior a cualquier otra plataforma actual. Con una vida útil estimada en 50 años, este buque ha sido diseñado para operar con cazas F-35C y futuras aeronaves no tripuladas, ofreciendo una generación eléctrica y un ritmo de misiones aéreas significativamente mayor al de sus predecesores.
Expertos del sector señalan que las alternativas propuestas, como enjambres de drones o portaaviones de menor tamaño, no logran igualar la densidad de fuego y el valor político que aporta un superportaaviones. A diferencia de la aviación basada en tierra, que depende de permisos de países anfitriones y es vulnerable a ataques con misiles, estas bases móviles operan con total autonomía en aguas internacionales. Con más de 120000 millones de dólares ya invertidos en la cadena industrial y de infraestructura, la continuidad del programa se considera esencial para evitar un vacío en la estructura de defensa y mantener una presencia disuasoria permanente en los océanos.








