Por: Mónica Carriel
No era solo un edificio el que ardía. Era esa vieja herida que esta ciudad arrastra desde que aprendió que el fuego aquí no es metáfora: es amenaza que trajo desgracias y es memoria.
Ochocientos grados. Columnas doblándose. Torres cayendo con un gemido seco que todavía retumba en el pecho de quienes lo escucharon. Abajo, hombres cubiertos de hollín peleaban contra el infierno sin discursos, sin pancartas, sin micrófonos. Solo agua. Solo mangueras tensas como nervios. Solo un coraje inconmensurable que no necesita adjetivos porque se mide en riesgo.
Y mientras el humo trepaba por el cielo como una advertencia bíblica —una serpiente negra escribiendo su profecía sobre la ciudad—, a ocho cuadras, ocho miserables cuadras, se afinaban discursos de verbo inflamado.
Había que defender al líder.
Había que posicionar el mensaje que tocarlo a él era atacar a Guayaquil. Y para ello se requierías recursos, había que montar tarima, desplegar banderas, invocar el espíritu de cuerpo como si la lealtad partidista fuese más urgente que el auxilio humano.
La indignación no fue un murmullo. Fue un rugido contenido en las esquinas, en los chats, en los balcones. Fue un trueno sin megáfono: “¿En serio?”, se preguntaba la gente. “¿En serio, ahora?”
Mientras familias enteras veían su vida hecha cenizas, algunos ediles socialistas —esos que afirmar ser los portadores de la liberación social de los oprimidos y que su lucha es por el pueblo— decidieron que ese pueblo podía esperar. Que primero estaba el compañero caído. Primero la causa interna.
La ciudad puede arder, pero el camarada no se toca.
Esa es la pedagogía real del poder cuando se siente amenazado: el discurso popular dura hasta que uno de los propios cae en desgracia. Ahí ya no hay barrio, no hay damnificado, no hay comerciante arruinado. Hay escudo. Hay consigna. Hay marcha.
Montaron tarima en el Malecón como si el humo fuera escenografía. Juraron que sería multitudinaria, una marea humana defendiendo el honor herido. La épica prometida terminó reducida al balde de una camioneta, después de que les desmontaran el escenario por obstaculizar una vía clave para la movilización bomberil.
Una metáfora involuntaria: el heroísmo declamado convertido en eco improvisado. Una revolución indigna.
Pero lo más grave no fue el ridículo logístico.
Fue la prioridad moral.
Porque nadie pedía que apagaran el incendio con sus manos. Se pedía presencia.
Se pedía empatía.
Se pedía que entendieran que Guayaquil no tolera que en medio de una tragedia le monten un espectáculo político.
Esta ciudad se ha quemado demasiadas veces como para aceptar ligerezas. Aquí la palabra “incendio” no es retórica inflamable para discursos. Es trauma heredado. Son generaciones contando a los nietos cómo huyeron con lo puesto. Es la certeza de que el progreso puede venirse abajo en una noche.
Y por eso dolió.
Dolió ver que, mientras los gladiadores del Benemérito Cuerpo de Bomberos de Guayaquil se jugaban la vida entre escombros ardientes, algunos representantes electos jugaban a la épica partidista.
Unos evitaban que la ciudad colapsara. Otros que el relato político no se viniera abajo como una de las torres del edificio siniestrado.
No se trata de prohibir la protesta.
Se trata de decencia.
De jerarquía moral.
De entender que cuando la ciudad está en riesgo real, el ego debe arrodillarse.
Porque si algo quedó claro entre el humo y las consignas es esto: para ciertos dirigentes, el pueblo es bandera… hasta que el que está en peligro es uno de ellos.
Y Guayaquil lo vio.
Y Guayaquil lo sintió.
Aquí no olvidamos las llamas.Y tampoco olvidaremos el orden de las prioridades.








