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marzo 9, 2026 | Actualizado ECT
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Ataque a Irán: El día en que bombardearon el futuro

¿Hacia dónde se encamina el futuro con todo lo que está pasando?

Escrito por Abel Cano

marzo 2, 2026 | 12:00 ECT

Por: Mónica Carriel G.

Esta ilustración es sobre una foto que no quisimos colocar para no herir más la susceptibilidad de los lectores. Una foto que no debería existir, pero que existe, y forma parte de una serie de postales macabras que viajan como pájaros de humo, posándose en los balcones de las redacciones del mundo. Cargando el peso insoportable de lo irreparable, de lo incierto.

Fotos de mochilas pequeñas pintadas de granate, con cuadernos abandonados donde la última letra quedó suspendida, en que el abecedario fue interrumpido por un trueno segador y candente que derritió los crayones y los sueños.

Primero, los hechos.

En la ciudad de Minab, al sur de Irán, una escuela de niñas fue alcanzada por un bombardeo en plena luz del día. Según autoridades locales y reportes difundidos por medios internacionales, 63 estudiantes murieron y 92 resultaron heridas. Había 170 alumnas dentro cuando el cielo se abrió. No era un cuartel. No era un laboratorio secreto. Era una escuela. Un edificio donde las niñas aprendían a conjugar verbos y a dibujar mapas sin imaginar que alguien pronto intentaría cambiar los límites que ellas apenas estaban aprendiendo a dibujar.

Segundo, el contexto.

Estados Unidos e Israel lanzaron ataques sobre territorio iraní, invocando la sombra de una amenaza nuclear inminente que ni siquiera la propia inteligencia estadounidense ha confirmado de manera concluyente. Israel declaró estado de emergencia. Irán respondió en la región. El aire se llenó de palabras graves: disuasión, seguridad, estabilidad, prevención.

El Secretario General de la ONU, António Guterres, pidió el cese inmediato de las hostilidades y la desescalada. Lo dijo como quien intenta apagar un incendio con una jarra de agua traída desde muy lejos… Cuando el polvo del bombardeo aún no se asentaba sobre los pupitres destruidos.

Tercero, la pregunta inevitable.

En un tiempo en que los satélites pueden leer una matrícula desde la estratósfera y los misiles presumen precisión quirúrgica, ¿nadie sabía que aquel edificio era una escuela? ¿Nadie advirtió que dentro había niñas, no soldados? ¿Se confundió el murmullo de una clase con el zumbido de una amenaza?

La guerra moderna se presenta como cálculo. Como tablero. Como ecuación. Pero la matemática se vuelve grotesca cuando el resultado es un aula convertida en escombro. Si el objetivo era presionar al régimen iraní, quebrar voluntades, provocar protestas internas para debilitar a los ayatolas, la factura la pagaron 63 criaturas que aún no habían terminado de aprender la forma correcta de conjugar el futuro.

Cuarto, la lógica del poder.

En los despachos donde se toman decisiones, la historia suele narrarse en mapas. Flechas rojas, puntos estratégicos, zonas de influencia. Allí no aparecen las trenzas, ni los cuadernos con márgenes decorados, ni las notas que dicen “mañana examen de matemáticas”. Allí no se oye el recreo. Allí no tiemblan las manos que sostienen una mochila nueva.

Se dirá que es una tragedia en medio de una confrontación mayor. Que la responsabilidad última pertenece a un régimen que también ha sembrado tensión y ha respondido con fuego. Que la región vive bajo amenazas cruzadas. Todo eso puede discutirse en foros, en consejos de seguridad, en mesas de expertos.

Pero una escuela no es un símbolo estratégico. Es un territorio sagrado del porvenir.

Quinto, las consecuencias invisibles.

Cuando cae una bomba sobre un aula, no solo se pierden vidas. Se rompe la confianza en el cielo. Se instala la sospecha en el sonido de cualquier avión. Las niñas que sobrevivieron —si alguna vez vuelven a un salón— mirarán el techo como quien espera una traición y las madres aprenderán a despedirse cada mañana como si fuera la última vez.

Y el mundo seguirá girando. Los mercados abrirán. Los gobiernos emitirán comunicados. Los analistas hablarán de equilibrio regional. Pero en Minab quedará una escuela con ventanas sin vidrio y un patio donde el viento recoge hojas chamuscadas como si fueran cartas que nadie alcanzó a enviar.

Finalmente, la memoria.

Una guerras en nombre de la paz. Una más.

Dicen que en algunos pueblos, cuando ocurre una tragedia, el tiempo se detiene unos segundos para que las almas encuentren el camino. Pero aquí el tiempo no se detuvo: siguió avanzando con la indiferencia de los calendarios oficiales, con la puntualidad de las bolsas de valores, con la frialdad de los comunicados.

Que se detenga ahora.

Que se detengan los discursos inflamados.

Que se detenga la costumbre de llamar daño colateral a lo que tiene nombre propio.

Que el mundo mire de frente esas mochilas pequeñas y tenga el coraje de pronunciar la palabra “culpa”. Que mire los pupitres vacíos y entienda que ninguna doctrina de seguridad, ninguna amenaza repetida hasta el cansancio, ninguna estrategia regional puede justificar el estallido de una escuela de niñas.

Porque cuando la defensa necesita aplastar la infancia para sostenerse, ya no estamos hablando de defensa. Estamos hablando de poder desnudo. Y el poder que no sabe proteger a los niños no merece ser llamado orden, ni equilibrio, ni paz.

Que alguien lo diga sin rodeos: No se fortalece la seguridad sembrando miedo en los patios de recreo. No se salva al mundo sacrificando su porvenir.

Si el cielo fue capaz de arder sobre una escuela con 170 niñas, que al menos la conciencia del mundo sea capaz de levantarse. ¡Ya es hora!

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