La clásica imagen de los campeones rociándose con champán en el podio tiene un origen inesperado que mezcla casualidad y deporte. La tradición comenzó en la década de 1950, cuando el argentino Juan Manuel Fangio recibió una botella de champán tras ganar el Gran Premio de Francia en Reims, aunque en ese momento solo se utilizaba para brindar de forma elegante y no para derramarla.

El verdadero giro ocurrió en 1966 en las 24 Horas de Le Mans, cuando el corcho de una botella salió disparado por el calor y empapó accidentalmente a los presentes. Ese episodio inspiró al piloto Dan Gurney, quien un año después agitó una botella y comenzó a rociar a quienes lo rodeaban durante la celebración, consolidando el gesto.

Con el tiempo, la escena se volvió habitual en la Fórmula 1 y otros deportes, convirtiéndose en un símbolo de victoria, euforia y espectáculo en los podios de todo el mundo.








