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mayo 19, 2026 | Actualizado ECT
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Un poco de memoria sobre la profesionalización de los periodistas ecuatorianos

mayo 18, 2026 | 06:22 ECT

“Durante décadas, la profesionalización de periodistas en Ecuador transitó entre el reconocimiento a la experiencia y los atajos académicos que hoy vuelven al debate público.”

Por: Mónica Carriel G.

Se ha hecho público que, ante el escándalo por el título “ochomesino” de la señora primera dama, el rector de la Universidad Dos Hemisferios salió al paso con una explicación: que Lavinia Valbonesi obtuvo su licenciatura en Comunicación Social mediante un proceso de “profesionalización”.

Es decir, según explicó, la universidad validó su trayectoria profesional como comunicadora, determinó qué materias debía cursar para complementar esa experiencia y, tras aprobarlas, obtuvo el título en tiempo récord.

¿Y cuál es la sorpresa?

Esto se ha hecho en Ecuador desde hace décadas, no solo en la Universidad Dos Hemisferios, sino en numerosos centros de educación superior.

Sí, ya sé que algunos dirán que me voy demasiado atrás, pero el contexto importa.

En tiempos de José María Velasco Ibarra existió un proceso de profesionalización para periodistas empíricos. Lo sé porque varios de esos periodistas fueron mis maestros en FACSO, y uno de ellos alguna vez me corrigió cuando lo llamé “licenciado”.

“No mijita —me dijo—, licenciada será usted cuando termine de formarse. Yo soy periodista profesional”.

Y me contó el origen de su título.

Durante ese gobierno se permitió reconocer oficialmente a personas que llevaban años ejerciendo el periodismo, pero que nunca habían podido concluir estudios universitarios debido a las exigencias del oficio. Para acceder a ese reconocimiento debían presentar certificaciones laborales que acreditaran más de diez años de experiencia profesional.

El título no era el de Licenciado en Comunicación Social. El Ministerio de Educación les otorgaba el de “Periodista Profesional”.

Y eso hacía toda la diferencia.

No era una licenciatura universitaria completa, sino una acreditación técnica basada en la experiencia. Permitía ejercer, sí, pero no equivalía académicamente a cursar una carrera universitaria de cuatro años con tesis, investigación, vinculación y demás requisitos.

Hecho así, era lógico, ético y hasta justo.

Ese reconocimiento no pretendía reemplazar la formación académica, sino dignificar la experiencia de quienes construyeron el oficio desde las redacciones y las calles.

El problema vino después.

La distorsión comenzó realmente con la aprobación de la Ley Orgánica de Comunicación durante el gobierno de Rafael Correa. El artículo 42 estableció la obligatoriedad de poseer un título profesional para ejercer permanentemente el periodismo.

Hasta ahí, el debate podía ser válido.

Pero la Disposición Transitoria Décima Séptima otorgó un plazo de seis años para que quienes ya ejercían pudieran “profesionalizarse”.

En otras palabras: el propio Estado obligaba a estudiar, pero al mismo tiempo abría mecanismos abreviados para obtener títulos universitarios.

Y entonces ocurrió lo inevitable.

Muchas universidades aprovecharon la oportunidad para comercializar un oficio históricamente entendido como de vocación pública, casi como si se tratara de una feria libre del título académico. Algunas incluso llegaron a diseñar denominaciones híbridas como la tal “Licenciatura en Comunicación Escénica” (que en este momento existe solo en la UNIACC de Chile como Licenciatura en Teatro y Comunicación Escénica), con la que captaron a artistas, cantantes, actrices, presentadores de televisión, animadores de eventos, tarimeros y figuras mediáticas. Bastaba con disponer de unos cuantos miles de dólares —en algunos casos diez mil o más— para, en apenas dos años, cerrar el ciclo académico y terminar con la foto de rigor: toga, birrete y diploma de “nuevos licenciados en comunicación”.

Por supuesto, también hubo casos de personas que ya ejercían la comunicación social, incluso con años de experiencia en medios, y que por distintas razones habían abandonado sus estudios formales. Personajes que tenían años ejerciendo como presentadores de noticias, productores, reporteros y comentarias deportivos. Para ellos, esta modalidad representó una vía de regularización legítima y hasta necesaria. Pero en medio de esa realidad coexistió una zona gris: la de quienes jamás debieron acceder a atajos de convalidación, ni ser incorporados sin el debido rigor académico, pero encontraron en estos programas una puerta abierta para obtener un título sin el recorrido formativo que la profesión exige.

Otro punto de discusión es el del tipo de programa:

No se entregó un reconocimiento técnico o intermedio de “Periodista Profesional”, sino títulos completos de Licenciados en Comunicación. Y pongamos atención al tipo de programa al que estaban accediendo, según la Disposición Transitoria Décima Séptima todos tenían seis años para que se “profesionalicen”, no para que se licencien. 

El Estado permitió esto ya que no lo prohibió. Muchas universidades se aprovecharon y los gremios de periodistas callaron. Todos guardaron un silencio cómplice.

Por eso resulta inevitable que el caso de Lavinia Valbonesi reabra este debate.

¿Merece cuestionamientos un título obtenido en apenas ocho meses? Por supuesto que sí. Más aún cuando la trayectoria pública conocida de la primera dama ha estado vinculada principalmente al mundo del lifestyle y las redes sociales, no al ejercicio formal del periodismo o la comunicación social. Mismo caso de algunos de los graduados en las modalidades que expusimos.

Pero si vamos a discutir este caso, discutámoslos todos.

Porque durante años el sistema permitió, promovió y normalizó mecanismos acelerados de titulación que se feriaron a mansalva y que se aprovecharon por derecha y por izquierda.

Y eso es hipocresía y doble moral.

Mis respetos para muchos colegas que accedieron legítimamente a esos procesos. Su experiencia profesional merecía reconocimiento. Sin embargo, considero que cada caso debió evaluarse con rigor para determinar a quién correspondía otorgar el reconocimiento de “Periodista Profesional” y a quién una licenciatura completa en Comunicación Social. Porque, a mi juicio, la trayectoria laboral no puede equipararse automáticamente con una formación universitaria integral.

Porque experiencia y formación académica no son lo mismo. Y como dice la sabiduría popular: esto tenía que decirse, y se dijo. Aunque muchos profesionales prefieran callar por miedo a quedarse sin trabajo o a dejar de ser considerados “aptos” para integrar un staff de noticias, simplemente por atreverse a cuestionar las distorsiones de un oficio que, paradójicamente, debería sostenerse sobre el debate, el criterio y la honestidad intelectual.

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