Por: Mónica Carriel G.
Hay frases que no describen la realidad: la delatan. Que Rafael Correa, desde un cómodo set en Uruguay, diga que Ecuador “es un país marginal”, tiene algo de ironía y bastante de confesión involuntaria. Porque si alguien administró una década sin excusas —con petróleo caro, chequera abierta y poder concentrado— fue él. Y aun así, hoy pretende hablar como si hubiese llegado después del incendio cuando bien sabemos que era el de la caja de fósforos.
La suya fue una década sin austeridad y sin pudor. El petróleo fluía, los ingresos crecían, y el Estado —ese animal siempre hambriento— fue alimentado hasta la obesidad. Más ministerios, más empresas públicas, más cargos, más asesores, más aplausos pagados con dinero ajeno. Un Estado inflado que se volvió dependiente de su propia grasa. Era la fiesta del gasto. Y, como toda fiesta mal organizada, quienes pagaron la cuenta fueron quienes menos disfrutaron de ella, los ecuatorianos.
Cuando la bonanza empezó a crujir, apareció el verdadero modelo: el sobreendeudamiento. Con China, preferentemente, bajo condiciones que olían más a urgencia que a estrategia. Petróleo comprometido, cifras maquilladas, una contabilidad creativa que en 2015 decidió que la deuda era lo que el poder decía que era. No era crecimiento: era cirugía estética con hacha y machete.
Pero lo más incómodo no es el despilfarro. Es el sistema.
El caso Sobornos 2012-2016 —ese eufemismo elegante para lo que en la calle se llama coima— dejó ver la coreografía: empresas que aportan, contratos que aparecen, favores que se devuelven. Todo con una prolijidad casi contable. Y luego está Odebrecht, ese viejo conocido latinoamericano que nunca llega solo: siempre trae maletines invisibles y contratos millonarios.
En la casa también había ruido. Petroecuador, esa caja fuerte nacional, terminó convertida en caja chica de redes corruptas. Nombres como Carlos Pareja Yannuzzelli no son anécdotas: son síntomas. Y mientras tanto, la Contraloría General del Estado escribía —con paciencia de notario— páginas y páginas de glosas que pocos querían leer.
Las obras… ah, las obras. Ese fetiche del poder. La Refinería del Pacífico, una promesa que devoró millones sin refinar una gota. Coca Codo Sinclair, inaugurada como símbolo de modernidad y hoy recordada por sus grietas —físicas y metafóricas—. Siempre el mismo libreto: contratos opacos, costos inflados, discursos grandilocuentes. La obra como espectáculo, no como solución.
Y todo eso mientras se repetía el mantra: “la década ganada”. Ganada, sí. Pero ¿para quién?
Por eso, cuando ahora se habla de un Ecuador “marginal”, conviene no indignarse demasiado rápido. A veces, la arrogancia dice la verdad sin querer. Porque marginal no es solo el que está fuera del centro: también es el que fue empujado hacia la orilla después de haber tenido todo para quedarse en el medio.
La tragedia no es que falte dinero. Es que sobró poder sin controles. No es que el país haya sido pobre. Es que fue mal administrado cuando era rico.
Y ahí está la ironía final, casi literaria: el mismo hombre que gobernó en tiempos de abundancia hoy describe las ruinas como si fueran ajenas. Como si él no hubiese diseñado, ladrillo a ladrillo, el edificio que terminó agrietándose.
Llamar “marginal” al Ecuador no es un insulto.
Es, tal vez, un lapsus.








