A un año de haber asumido su segundo mandato, el presidente Donald Trump ha sorprendido al sector automotriz global con un giro estratégico en su relación con China. Tras años de mantener una postura de cierre total, el mandatario ha manifestado su disposición a permitir que los gigantes asiáticos operen en el país, pero con una exigencia innegociable: deben fabricar sus vehículos eléctricos en suelo estadounidense. Bajo el lema de defender al trabajador local, Trump busca capitalizar el interés de marcas chinas por el segundo mercado más grande del mundo para impulsar la construcción de plantas industriales en Estados Unidos.
Esta nueva postura responde al avance de conglomerados como el Grupo Geely, que ya ha mostrado sus cartas en territorio norteamericano. A principios de enero, durante el CES 2026 en Las Vegas, el fabricante con sede en Hangzhou presentó sus marcas Geely, Lynk & Co y Zeekr, destacando tecnologías de inteligencia artificial y conducción autónoma. Para la administración Trump, esta es una oportunidad de generar empleo local y asegurar que la inversión extranjera contribuya directamente al crecimiento del sector manufacturero nacional.








