La práctica deportiva profesional ha dejado de ser considerada una fuente de bienestar para transformarse en un escenario que pone a prueba la resistencia psicológica. De acuerdo con el psicólogo Javier Vallejo, el alto rendimiento no aporta salud mental, sino que la deteriora debido a la presión constante por los resultados y la exposición pública. Datos del Comité Olímpico Internacional respaldan esta realidad, señalando que más del 30 % de los atletas de élite han padecido cuadros de ansiedad o depresión, cifras que evidencian el costo humano de la búsqueda del éxito en disciplinas de máxima exigencia.
El principal factor de riesgo identificado es el estrés, entendido como el desequilibrio entre las demandas externas y los recursos emocionales del deportista. Mientras que en disciplinas individuales como el tenis la carga recae exclusivamente en una persona, en deportes colectivos la presión se distribuye, aunque surgen conflictos por la competencia interna. Casos trágicos, como el suicidio del futbolista Santiago García en Mendoza, han visibilizado la importancia de abordar la depresión en un entorno donde los hábitos suelen ser poco saludables y las redes afectivas se ven fragmentadas por la constante movilidad profesional.








