En el ámbito de la estrategia naval contemporánea, pocos eventos han tenido un impacto doctrinal tan profundo como el juego de guerra realizado en el Pacífico en 2005. Durante este ejercicio, el submarino sueco HSwMS Gotland, una nave convencional diésel-eléctrica, logró infiltrarse de manera sistemática en el anillo defensivo del USS Ronald Reagan —un superportaaviones nuclear de la clase Nimitz— y simular su hundimiento en repetidas ocasiones. Lo más alarmante para el Pentágono no fue la potencia de fuego del atacante, sino su capacidad para operar como un “fantasma”, volviéndose invisible para los sensores antisubmarinos más sofisticados de la época.
La clave del éxito del Gotland residió en su sistema de propulsión independiente de aire (AIP), una tecnología que permite a los submarinos convencionales permanecer sumergidos por periodos prolongados sin necesidad de salir a la superficie para recargar baterías mediante el uso de aire atmosférico. Esta característica, sumada a un diseño que prioriza el silencio extremo sobre la velocidad o el tamaño, permitió que una nave valorada en una fracción del costo del portaaviones penetrara escoltas de destructores y cruceros. El portal 1945 destaca que esta vulnerabilidad psicológica y técnica obligó a la Armada estadounidense a replantearse la supuesta invulnerabilidad de sus ciudades flotantes.
La reacción de Washington ante este hallazgo fue inmediata y pragmática: la Armada de Estados Unidos decidió alquilar el HSwMS Gotland y a su tripulación sueca durante dos años para entrenar contra ellos. El objetivo fue comprender a fondo las tácticas de guerra antisubmarina necesarias para detectar amenazas silenciosas que no dependen de la fuerza bruta ni de la superioridad numérica. Esta lección histórica transformó la doctrina naval estadounidense, reconociendo que, en el océano moderno, la discreción absoluta puede ser un arma más letal que el poder nuclear.








