Por: Mónica Carriel Gómez
Ecuador aparece en los archivos de Jeffrey Epstein como aparece el moho en las paredes de una casa abandonada: nadie lo invitó oficialmente, pero ahí está, creciendo en silencio, dejando manchas incómodas e intoxicando al que se atreva a respirar profundo. Y, como siempre, la reacción nacional es la de rigor: sorpresa fingida, cejas levantadas para la foto y un silencio administrativo tan pulcro que un algodonal envidiaría.
Tres millones y medio de páginas desclasificadas por el Departamento de Justicia de Estados Unidos. Tres millones y medio. No es un chisme de peluquería ni un hilo de X escrito a las tres de la mañana. Son documentos oficiales, con fechas, lugares, nombres y rutas. Y entre esos lugares —oh casualidad— aparece Ecuador. Guayaquil. Quito. Un aeropuerto. Un palacio. Agencias de modelos. Correos electrónicos. Pero tranquilos: aquí nadie sabe nada, nadie vio nada, nadie escuchó nada. Ecuador, el país de los sordos selectivos.
Jeffrey Epstein no era un excéntrico con gustos raros; era el creador de todo un sistema criminal muy bien implantado. Un depredador con agenda internacional, billetera infinita y contactos al más alto nivel. Un hombre que no viajaba solo, no operaba solo y, por supuesto, no cazaba solo. Donde Epstein aterrizaba, alguien le abría la puerta, alguien le facilitaba contactos y alguien miraba para otro lado. Pensar que Ecuador fue apenas una nota al pie, una mención inocente, es una ingenuidad que ya roza la complicidad.
Lo interesante no es solo que Ecuador aparezca en los archivos, sino lo que no ha pasado desde que apareció. Ninguna reacción firme de la Fiscalía. Ninguna rueda de prensa incómoda. Ningún fiscal diciendo: “Vamos a investigar, caiga quien caiga”. Nada. Apenas un murmullo institucional, ese sonido tan nuestro que mezcla miedo, pereza y cálculo político.
Los penalistas Alexander Velepucha y Nathalya Salazar lo dicen sin rodeos: la Fiscalía debe actuar de oficio. No es una sugerencia, no es un favor, no es una opción estética. Es una obligación constitucional. Pero aquí las obligaciones suelen depender del apellido del investigado, del tamaño de su billetera o de la cercanía con el poder de turno.
Salazar va más allá y apunta algo aún más incómodo: cooperación internacional. Porque Epstein no hacía turismo cultural; hacía negocios. Y esos negocios, según los documentos, pasaban por empresarios latinoamericanos, agencias de modelos y estructuras que huelen —desde lejos— a trata de personas, lavado de activos y delincuencia organizada. Delitos todos perfectamente tipificados en el COIP, por si alguien en la Fiscalía olvidó dónde dejó el código.
La mención de una agencia de modelos en Guayaquil no es una anécdota pintoresca. Es una alarma. Es una sirena que debería sonar en todas las oficinas del sistema judicial. Porque si hubo captación de menores, hubo víctimas. Y si hubo víctimas, hubo victimarios locales. Nadie cruza fronteras para cometer delitos sin apoyo logístico. Ni Epstein, ni nadie.
Pero claro, investigar eso implica incomodar. Implica revisar nombres, contratos, vuelos, llamadas. Implica molestar a empresarios respetables, a figuras bien peinadas que salen en revistas de sociedad y dan donaciones en eventos benéficos. Implica romper esa ficción tan ecuatoriana de que los crímenes horribles solo ocurren afuera, en países “más corruptos” o “más perversos”.
Aquí preferimos pensar que Epstein pasó por Ecuador como pasan los ovnis: alguien dice que lo vio, pero nadie tiene pruebas… aunque las pruebas estén escritas, selladas y publicadas por el Departamento de Justicia de Estados Unidos.
La gran pregunta no es si Ecuador aparece en los archivos de Epstein. Aparece. Eso ya está claro. La pregunta incómoda, la que nadie quiere responder, es otra: ¿qué va a hacer el Estado ecuatoriano con esa información? ¿Investigar de verdad, o archivar el tema hasta que el escándalo se enfríe y la memoria colectiva vuelva a su estado natural de amnesia?
Porque si la Fiscalía no actúa ahora, el mensaje será brutalmente claro: aquí pueden pasar los peores depredadores del mundo… y salir limpios, siempre que sepan a quién saludar.








