En un intento por sofocar las crecientes protestas sociales que sacuden al país, las autoridades de Irán ejecutaron un apagón masivo de internet y líneas telefónicas en gran parte del territorio nacional. La medida, confirmada por organismos de monitoreo digital como NetBlocks, se produjo tras una serie de manifestaciones nocturnas en Teherán y otras ciudades importantes, donde miles de ciudadanos desafiaron al gobierno clerical. El régimen ha recurrido históricamente a esta táctica de censura para dificultar la organización de los manifestantes y evitar la difusión de imágenes que documenten la represión estatal. A pesar del aislamiento digital, se han reportado cánticos contra el ayatolá Alí Khamenei y lemas que exigen un cambio radical en el sistema político iraní.

La crisis actual, motivada inicialmente por el colapso del rial y la asfixiante inflación, ha escalado hasta convertirse en un desafío frontal a la legitimidad de la República Islámica. Organizaciones de derechos humanos estiman que el balance de víctimas mortales supera las 45 personas, entre ellas varios menores de edad, mientras que las detenciones se cuentan por miles. En un giro político inesperado, el príncipe heredero en el exilio, Reza Pahlavi, ha instado a la población a mantener la unidad en las calles, lo que ha inyectado un nuevo componente de liderazgo a un movimiento que era mayormente descentralizado. La comunidad internacional observa con preocupación la escalada de violencia, mientras el gobierno iraní justifica la restricción de comunicaciones como una medida de seguridad nacional ante lo que califica de injerencia extranjera.








