El gobierno de Irán ha iniciado una movilización urgente de sus sistemas de misiles S-300 en los alrededores de Teherán e Isfahán como medida defensiva ante el incremento de la tensión militar con Estados Unidos. A pesar del despliegue de estos proyectiles interceptores, capaces de alcanzar velocidades de 7.400 kilómetros por hora, analistas han advertido una ausencia crítica de los radares terrestres necesarios para guiarlos. Esta carencia técnica sugiere que la red de defensa persa aún enfrenta dificultades para recuperarse tras los ataques sufridos en 2024, lo que limita significativamente el alcance y la precisión de su armamento de origen ruso en un eventual combate.
Para intentar suplir estas deficiencias, el ejército iraní ha integrado lanzadores de fabricación nacional, como el Bavar-373 y el Khordad-15, junto a los componentes rusos que sobrevivieron a ofensivas previas. Estos sistemas propios prometen alcances de hasta 200 kilómetros; sin embargo, expertos señalan que la combinación de tecnología extranjera con sensores locales podría generar incompatibilidades críticas en los enlaces de datos. Esta amalgama de equipos refleja un esfuerzo acelerado por restaurar la protección del espacio aéreo, aunque la falta de una integración tecnológica fluida representa un riesgo de falla bajo condiciones de presión bélica.
Pese a las vulnerabilidades estructurales detectadas en su infraestructura, el redespliegue de esta maquinaria balística confirma que el régimen conserva una parte importante de su inventario militar. La presencia de estos sistemas, incluso con sus limitaciones técnicas actuales, plantea un escenario complejo para cualquier planificación estratégica del Pentágono en la región. El movimiento de piezas de artillería pesada y la adaptación de radares nacionales subrayan la determinación de Teherán por mantener un esquema disuasorio vigente frente a la posibilidad de un conflicto a gran escala.








