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enero 7, 2026 | Actualizado ECT
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La madrugada del cambio: Venezuela tras la larga noche

El 3 de enero, fecha coincidente con la captura de Manuel Noriega en 1990, Estados Unidos extrajo de Venezuela a Nicolás Maduro y Cilia Flores; hoy su hogar transitorio es una celda del Metropolitan Detention Center (MDC) de Brooklyn.

Escrito por Abel Cano

enero 5, 2026 | 15:01 ECT

Por: Lcda. Mónica Carriel Gómez

Venezuela llevaba años suspendida en una espera estéril. El Estado se había vuelto frágil, la autoridad corrupta y el poder una costumbre impuesta. Cuando el quiebre llegó, en la madrugada del 3 de enero de 2026, no inauguró la libertad, sino un tiempo de disputa. El mando se interrumpió y el destino quedó, por ahora, fuera de sus manos.

Desde la madrugada de este sábado, cuando Nicolás Maduro fue capturado por fuerzas estadounidenses en una operación casi quirúrgica, el país dejó de fingir normalidad. El estruendo de las bombas en Caracas no solo sacudió edificios: resquebrajó la última ilusión de soberanía que sostenía a un Estado ya exhausto, sostenido por esperanzas en forma de consignas gastadas.

Estados Unidos y Venezuela compartieron una relación tóxica, de esas que se sostienen por costumbre y beneficio. El petróleo fue la tinta, los contratos el matrimonio, y la desconfianza el idioma común. Durante décadas, Caracas fue una gasolinera conveniente para Washington. Luego llegó Hugo Chávez con su verbo inflamado, y convirtió la estación en un incendio ideológico.

Desde entonces, la diplomacia fue reemplazada por la sospecha y la sanción. Con Maduro, ese deterioro se volvió irreversible: la revolución perdió el brillo, el Estado perdió el pulso y el país perdió a su gente.

La crisis de 2019, cuando Juan Guaidó fue ungido presidente interino desde el exterior, fue el ensayo general de este desenlace. No fue una solución, sino una pausa incómoda, una obra inconclusa que dejó a Venezuela atrapada entre dos legitimidades frágiles y ningún poder efectivo. Lo que siguió fue un cerco meticuloso: sanciones como mordazas, bloqueos como sogas, una economía asfixiada hasta quedar irreconocible.

Entre 2024 y 2025, la presión se volvió física. Barcos interceptados, cielos vigilados, el Caribe convertido en un tablero de ajedrez militar. Venezuela denunció violaciones a su soberanía, pero ya hablaba en voz baja, como quien reclama desde una habitación cerrada.

Y entonces ocurrió lo impensable: la captura de un jefe de Estado en ejercicio, trasladado a Nueva York para enfrentar cargos que mezclan justicia penal y escarmiento político.

Tras el anuncio, se abrió un vacío inmediato. Y en política, el vacío no espera. El Estado —aunque dañado— seguía operativo, y quien estaba dentro de la maquinaria era quien podía asumir. Por eso se juramentó Delcy Rodríguez. No fue un acto de legitimidad moral, sino de control institucional. Gobernar no es un gesto simbólico: es estar en el territorio, controlar ministerios, cuarteles y flujos básicos.

¿Por qué no Edmundo González Urrutia? Porque una presidencia no se ejerce a distancia, sin seguridad, sin mando ni estructura. Donald Trump no elige presidentes: administra riesgos. Prefiere una figura disponible, incómoda pero funcional, para sostener el orden mientras se define la transición. Es un puente operativo. Nombrar a una figura sin control real habría sido el detonador perfecto para el caos, las fracturas internas y una violencia mayor.

Mientras tanto, el poder en Caracas quedó suspendido en el aire, espeso e irrespirable. El chavismo, aunque decapitado, conserva músculos: controla silencios, cuarteles y rutinas. La oposición, fatigada y fragmentada, sigue buscando un liderazgo que no llegue tarde otra vez.

El mayor peligro para Venezuela no es el caos inmediato, sino la tutela prolongada. La historia latinoamericana conoce bien esas transiciones diseñadas desde fuera, presentadas como rescates y terminadas como dependencias. Sin instituciones reconstruidas, sin elecciones creíbles y sin alivio económico progresivo, el país corre el riesgo de quedar suspendido en un limbo administrado: ni dictadura plena ni democracia posible.

El mensaje del sistema es claro y cruel: gobierna quien puede sostener el país hoy; la legitimidad democrática se ordenará después. Esto no es el final de Venezuela. Es el inicio incómodo y vigilado de su transición. El futuro venezolano dependerá menos de los discursos en Washington y más de la capacidad —todavía incierta— de los propios venezolanos para reclamar algo que hace tiempo les fue arrebatado: el derecho a decidir sin tutores, sin salvadores y sin miedo.

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