La Armada de los Estados Unidos ha consolidado una mística particular a través de la nomenclatura de sus portaaviones, convirtiendo a estos gigantes del océano en monumentos flotantes a la historia política del país. Durante el reciente despliegue del USS Gerald R. Ford hacia Medio Oriente para unirse al USS Abraham Lincoln, se hizo evidente la vigencia de una tradición que busca proyectar liderazgo y unidad nacional. Esta costumbre, que se afianzó con la clase Nimitz, ha llevado a que el actual mandatario autorice nombres para naves que entrarán en servicio en la década de 2040, incluyendo futuros buques en honor a Bill Clinton y George W. Bush.
Sin embargo, la rigidez de esta norma presidencial está evolucionando. Mientras el próximo USS Enterprise recuperará un nombre legendario de la tradición naval, el futuro USS Doris Miller marcará un hito al ser el primer portaaviones nombrado en honor a un marinero afroamericano, héroe de Pearl Harbor. Este cambio sugiere una apertura hacia una representación más diversa de la historia militar, alejándose de las figuras exclusivas del Ejecutivo. Pese a que la polarización política actual hace incierta la aparición de un “USS Trump” o un “USS Biden” a corto plazo, la elección de estos nombres sigue siendo una herramienta estratégica para definir la identidad y el legado de la flota más poderosa del mundo.








