La captura de Nicolás Maduro en el Palacio de Miraflores reveló una inesperada falta de resistencia por parte de su entorno más cercano y de los cuerpos de seguridad que juraron protegerlo. Durante la ejecución de la operación Resolución Absoluta, el líder chavista se encontró prácticamente solo frente a las unidades de élite estadounidenses, mientras sus círculos de confianza y altos mandos militares no activaron los protocolos de defensa previstos para una incursión de tal magnitud. Testimonios recogidos tras el operativo indican que el pánico y la confusión reinaron en el palacio presidencial, donde los sistemas de vigilancia fallaron y la cadena de mando se fragmentó ante la efectividad de la ofensiva aérea. Este escenario de abandono marca el fin simbólico de un liderazgo que presumía de una lealtad incondicional, dejando al descubierto la fragilidad interna de una estructura que se desmoronó al momento de enfrentar una amenaza directa contra su cabeza principal.

El silencio de las fuerzas armadas en los momentos críticos de la detención ha generado múltiples interrogantes sobre pactos previos o la desmoralización de la tropa ante la presión internacional. Mientras Maduro era escoltado hacia territorio norteamericano, no se registraron movimientos significativos de sus aliados para impedir el traslado, confirmando un aislamiento que se venía gestando desde el inicio de la presión diplomática de la administración Trump. Los analistas internacionales destacan que este desenlace es el resultado de años de desgaste institucional y de una erosión profunda en las bases de apoyo del chavismo, que prefirieron la inacción antes que un enfrentamiento directo con la potencia extranjera. Con Maduro ya bajo custodia federal en Nueva York, la imagen de su entrega solitaria se convierte en el testimonio gráfico del fin de una era, evidenciando que, en el momento decisivo, el sistema de protección que sostenía al dictador simplemente dejó de existir.








