La Armada de Estados Unidos ha iniciado una revisión exhaustiva del diseño y los costos de los portaaviones de la clase Ford, tras una orden directa del Pentágono. El secretario de la Marina, John Phelan —quien dejó su cargo el pasado miércoles tras liderar la organización de las fuerzas navales—, señaló que la evaluación busca determinar si los sistemas actuales se ajustan a las necesidades estratégicas futuras. Aunque Phelan evitó confirmar la cancelación de nuevas unidades, subrayó la importancia de verificar los datos de rendimiento bajo la premisa de “confiar y verificar”, en un momento donde el presupuesto de defensa muestra cierta ambigüedad al omitir la mención explícita a esta clase de buques.
La controversia rodea especialmente a tecnologías clave como las catapultas electromagnéticas, las cuales han sido blanco de críticas por parte del presidente Donald Trump. Pese a estos cuestionamientos, la Armada defiende la operatividad del USS Gerald R. Ford, destacando que ha superado los 300 días de despliegue desde junio de 2025 y ha demostrado una capacidad de lanzamiento de aeronaves superior a la de la clase Nimitz. Actualmente, tres unidades adicionales (USS John F. Kennedy, USS Enterprise y USS Doris Miller) se encuentran en distintas etapas de construcción, mientras que el futuro de dos contratos adicionales permanece en vilo.
En este escenario de transición, el presidente Trump ha comenzado a impulsar el desarrollo de un nuevo concepto: el “acorazado clase Trump”. El primer buque proyectado bajo esta visión, el USS Defiant, tendría un costo estimado superior a los 17.000 millones de dólares. Según las proyecciones actuales, el financiamiento para este nuevo diseño no se concretaría hasta el año fiscal 2028, lo que plantea un debate sobre la dirección que tomará la supremacía naval estadounidense en los próximos años.








