La guerra en Ucrania ha evidenciado límites estructurales en la capacidad militar y operativa de Rusia, afectando de forma directa su rol como garante de estabilidad para aliados estratégicos. El esfuerzo sostenido en el frente bélico ha reducido recursos, atención política y margen de maniobra internacional del Kremlin, debilitando su presencia en escenarios clave donde antes ejercía influencia decisiva.
Este repliegue se traduce en un respaldo cada vez más distante hacia gobiernos afines que enfrentan crisis internas, presiones sociales o amenazas externas. La ausencia de apoyo tangible refleja un cambio de prioridades en Moscú, más concentrado en su supervivencia estratégica que en sostener regímenes aliados, lo que reconfigura equilibrios regionales y deja expuestos a actores que dependían del poder ruso como factor de contención.








