Las recientes explosiones en infraestructuras petroleras han desencadenado incendios de gran magnitud, provocando un fenómeno de contaminación extrema en Teherán y sus alrededores. Residentes de diversos sectores reportaron con asombro la caída de una “lluvia negra” saturada de crudo y residuos químicos, la cual se ha adherido a edificios, vehículos y ha formado charcos oscuros en las calles. Testimonios de habitantes locales describen un escenario apocalíptico donde el cielo permanece cubierto por nubes espesas y tóxicas, incluso horas después de cesar los ataques, afectando la visibilidad y la calidad del aire de forma crítica.
La situación ha derivado en una crisis de salud pública inmediata, con numerosos reportes de ciudadanos que sufren dolores de cabeza, náuseas y graves dificultades para respirar tras el contacto con la precipitación. Las autoridades sanitarias de Irán emitieron una advertencia urgente calificando el agua de lluvia como “muy peligrosa y ácida”, alertando que el contacto directo puede provocar quemaduras químicas en la piel y daños pulmonares permanentes. Ante la toxicidad del ambiente, se ha recomendado a la población permanecer en interiores y evitar cualquier exposición a los residuos de petróleo que aún caen sobre la región metropolitana.








