Este martes 3 de febrero de 2026, el invierno ucraniano se ha convertido en un arma de guerra definitiva. Tras una breve pausa en los ataques aéreos —atribuida a una gestión directa de Donald Trump—, el Kremlin ha lanzado una ofensiva masiva que las autoridades ucranianas califican como la “más potente” del año contra su sistema energético. Con un despliegue de 71 misiles y 450 drones, las fuerzas rusas impactaron ocho regiones, dejando a cientos de miles de ciudadanos en la oscuridad y sin calefacción en plena ola de frío extremo.
La escalada ocurre en un momento diplomático crítico: mañana miércoles 4 de febrero comienza en Abu Dabi el segundo ciclo de negociaciones trilaterales entre Ucrania, Rusia y Estados Unidos. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, quien llegó a Kiev pocas horas después de los bombardeos, fue tajante ante la Rada Suprema (parlamento): “Ataques como estos demuestran que Rusia no tiene una intención genuina de paz”. Para el presidente Volodímir Zelenski, Moscú utilizó la tregua no para desescalar, sino para acumular misiles y lanzarlos en el momento de mayor vulnerabilidad térmica de la población.








