Un submarino diésel equipado con baterías fue capaz de hundir simbólicamente a un portaaviones nuclear de la Armada de Estados Unidos durante un ejercicio militar de la OTAN en 1981. El incidente, que involucró al sumergible canadiense HMCS Okanagan de la clase Oberon y al superportaaviones USS Dwight D. Eisenhower, demostró que incluso las plataformas más avanzadas son vulnerables ante los denominados asesinos silenciosos. Según informes de National Security Journal, la tripulación canadiense operó casi en total sigilo gracias a la energía de sus baterías, logrando evadir una fortaleza de destructores escoltas para registrar un impacto de torpedo confirmado.
El éxito de la operación radicó en el profesionalismo de los submarinistas canadienses, quienes aprovecharon los espacios tranquilos en la pantalla acústica del portaaviones para volverse indetectables. Este suceso evidenció que los submarinos diésel-eléctricos, a pesar de contar con dimensiones minúsculas y un presupuesto mucho menor en comparación con sus adversarios, constituyen una amenaza vigente para activos de alto valor estratégico. La capacidad de gestionar el sigilo de manera perfecta permitió que una tecnología considerada convencional superara las defensas del gigante nuclear estadounidense.
A raíz de este tipo de vulnerabilidades, la inversión en sonares avanzados y vehículos submarinos no tripulados ha cobrado una relevancia crítica en las estrategias de defensa modernas. Aunque se ha avanzado en el desarrollo de radares optimizados y medios de protección más sofisticados, el desafío de detectar sumergibles que operan con baterías sigue siendo un problema complejo para las fuerzas navales. El caso del HMCS Okanagan permanece como una lección histórica sobre la importancia del entrenamiento táctico y el uso eficiente de los recursos disponibles frente a la superioridad tecnológica.








