Una profunda atmósfera de dolor e indignación envolvió este viernes a la explanada comunitaria de Daule habilitada para el velorio colectivo de los ocho jóvenes cuyos cuerpos fueron hallados sin vida dentro de sacos de yute en la vía Jujan-Babahoyo. Desde las primeras horas de la mañana, centenares de familiares, vecinos y allegados se congregaron en el lugar bajo un estricto resguardo policial para brindar el último adiós a las víctimas. Los féretros fueron retirados la tarde del jueves en caravana desde el Laboratorio de Criminalística y Ciencias Forenses de Guayaquil, marcando el inicio de una jornada de duelo que culminó cerca de las 11:00 con el traslado de los restos en un camión hacia el cementerio local para su sepelio.
El caso conmocionó al país luego de reportarse la desaparición del grupo el pasado 31 de mayo, día en que salieron desde Daule hacia Milagro a bordo de cuatro motocicletas antes de que se perdiera todo contacto con ellos. El comandante de la Zona 5, coronel Galo Muñoz, informó que las autopsias preliminares determinaron que los decesos se produjeron por impactos de proyectiles de arma de fuego en el cráneo, y confirmó que las unidades investigativas se encuentran desplegadas para localizar a los responsables del múltiple crimen. Las víctimas fueron identificadas formalmente como Andy Sáenz (31 años), Juan Carlos Martínez (24), Jeremy Castro López (23), Anthony Martínez (23), Ariel Vera (20), Jackson C. (17), Roy M. (15) y Ricardo Castro (28).
En medio del desconsuelo, los familiares y vecinos expresaron su rechazo categórico ante cualquier intento de criminalizar a las víctimas. La alerta de los allegados creció luego de que trascendiera el hallazgo de un panfleto con amenazas de bandas delictivas junto a los cadáveres. Maritza López, familiar de dos de los fallecidos, desmintió rotundamente que los jóvenes tuvieran vínculos con organizaciones criminales, describiéndolos como personas de bien dedicadas por completo a las labores del campo, una realidad habitual en esta zona eminentemente arrocera del Guayas.
Los testimonios de la comunidad reflejan historias de esfuerzo diario: Jeremy Castro trabajaba en la construcción y apoyaba a sus padres en labores agrícolas los fines de semana; el menor Jackson, de 17 años, combinaba sus estudios secundarios con el jornal diario para aportar económicamente a su hogar; y Andy Sáenz se dividía entre la agricultura y su empleo como mecánico de motocicletas. La tragedia deja además un saldo de profunda vulnerabilidad familiar, ya que varios de los fallecidos eran padres de niños pequeños e incluso la esposa de Sáenz se encuentra en su quinto mes de gestación. Los habitantes recalcaron que salir a recorrer la zona en motocicletas o jugar partidos de fútbol los fines de semana eran las actividades recreativas habituales de este grupo de amigos, cuya memoria exigen que sea respetada por las autoridades durante el proceso indagatorio.








