Este miércoles entraron en vigor en China las denominadas Medidas Provisionales para la Administración de los Servicios de Interacción Antropomórfica de Inteligencia Artificial, un marco normativo diseñado para regular a los proveedores de tecnologías que simulan la personalidad, el pensamiento o la comunicación humana con fines afectivos. La regulación, emitida originalmente en abril por la Administración del Ciberespacio de China y otros cuatro organismos públicos, busca establecer un equilibrio firme entre el avance tecnológico y la protección de la salud mental de los ciudadanos. Quedan excluidos de estas restricciones los sistemas de atención al cliente, asistentes de productividad y herramientas educativas que no generen vínculos emocionales continuos con los usuarios.
La legislación prohíbe de forma explícita que las plataformas fomenten la dependencia emocional, la adicción digital o la complacencia artificial que deteriore las relaciones interpersonales en el mundo real. Asimismo, veta la manipulación psicológica dirigida a inducir decisiones irracionales o el desarrollo de contenidos que inciten a la autolesión, el suicidio o el maltrato verbal. Para garantizar la transparencia en el entorno digital, las empresas desarrolladoras están obligadas a notificar de forma clara al usuario que se encuentra interactuando con una máquina y deberán emitir alertas automáticas de descanso tras cumplir dos horas consecutivas de sesión en la plataforma.
La protección a la infancia es uno de los pilares más estrictos del nuevo reglamento, el cual prohíbe de manera absoluta ofrecer servicios de acompañamiento o relaciones afectivas virtuales a menores de edad, requiriendo además el consentimiento paterno obligatorio para cualquier función dirigida a menores de 14 años. El impacto de la norma ya se ha hecho sentir en el ecosistema tecnológico, provocando que corporaciones como ByteDance y Alibaba retiraran de inmediato sus catálogos de agentes conversacionales personalizados en Doubao y Qwen. Analistas del sector coinciden en que estas restricciones reflejan la inmadurez de las tecnologías actuales para gestionar interacciones humanas complejas sin supervisión ética.








