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julio 31, 2026 | Actualizado ECT
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Quito: La ciudad donde los regresos se pierden

julio 31, 2026 | 13:35 ECT

No es la cantidad de desaparecidos lo que vuelve inquietante este momento de Quito. Es la extraña manera en que varias historias distintas comienzan a parecerse.

Por: Mónica Carriel Gómez

Las desapariciones ocurren en todo el país y desde hace años forman parte de una realidad dolorosa. Pero algo distinto parece estar ocurriendo en la capital. En apenas unas semanas se han acumulado casos que desafían la lógica de lo cotidiano: personas que salen de su trabajo, de la universidad o de su casa y desaparecen en cuestión de minutos; otras que aparecen muertas en circunstancias que todavía esperan una explicación; familias que, más que respuestas, acumulan preguntas. No es solo el número de casos lo que inquieta. Es la forma en que están ocurriendo.

Hay ciudades que se reconocen por sus plazas, por el aroma del pan que despierta las mañanas o por las campanas de sus iglesias que anuncian el amanecer antes de que la noche se resigne a partir. Quito, en cambio, empieza a reconocer sus madrugadas por el sonido de una llamada insistente que, con cada tono sin respuesta, transforma la incertidumbre en pánico.

Desde hace tres días y tres noches, Henry Llanes vive pendiente del teléfono. Cada llamada que entra puede ser la noticia que espera o la que teme. Su hijo, Pablo David Llanes Páramo, de 29 años, fue visto por última vez el 29 de julio en el sector de La Jipijapa. Desde entonces, su nombre se convirtió en el rostro más reciente de los desaparecidos de Quito y su familia en otra víctima de esa espera que parece detener el tiempo. El exasambleísta Henry Llanes, recorre el camino que ningún padre debería conocer: repartir fotografías, responder llamadas, aferrarse a cualquier dato que mantenga viva la esperanza. Porque toda desaparición tiene dos víctimas: quien deja de estar y quien no deja de esperar.

Esta desaparición ocurre en medio de una cadena de casos que ha estremecido a la capital. Según el Ministerio del Interior, entre enero y junio de este año se registraron 823 denuncias de personas desaparecidas en Quito. La mayoría fue localizada con vida. Esa es una realidad que debe decirse. Pero también existe otra verdad imposible de convertir en estadística: basta un solo caso sin respuesta para sembrar miedo en miles de familias.

Porque toda desaparición tiene instantes que nadie logra explicar.

Es un minuto cualquiera, unas horas quizá… El tiempo avanza con la normalidad de siempre. Quien sale de su trabajo piensa primero si no dejó algo sin concluir y luego piensa qué llevará a casa para la merienda, quizá una bebida o alguna golosina. Sube a su carro, al bus o a su bicicleta, cruza una avenida, dobla una esquina, responde el teléfono y promete que ya va camino a casa.

Después, el tiempo parece romperse.

Como si la ciudad se tragara unos cuantos minutos que jamás devuelve.

Ese es el verdadero misterio.

Ahí está la estudiante Nathaly Mafla, cuya reunión con sus compañeros terminó de forma inesperada y extraña. Ahí está Héctor Rojas, encontrado sin vida después de que su familia iniciara una búsqueda desesperada. Y está también Mónica Paulina Luzuriaga, quien estaba de vacaciones del Ministerio de Educación cuando la llamaron a trabajar. Salió del edificio junto a su bicicleta, respondió el teléfono para decirle a su esposo que ya regresaba a casa y, menos de seis horas después, fue encontrada muerta en la habitación de un hotel.

A la estilista Lizeth Bunshi, los organismos de socorro continúan buscándola en la quebrada del Machángara y a Joselyn Oña Cando, de 26, su madre la busca en hospitales y morgues.

La pregunta sigue siendo exactamente la misma: ¿qué ocurrió entre ese último momento absolutamente normal?

Hay coincidencias que llaman la atención y que las autoridades tienen la obligación de investigar con rigor. En varios casos recientes, las víctimas desaparecieron en sectores donde las cámaras de seguridad dejan vacíos difíciles de reconstruir y el desenlace terminó en quebradas. En otros, como el de Luzuriaga, el escenario fue completamente distinto. Cambian los lugares. Cambian las circunstancias. Lo que permanece es ese tramo de tiempo que nadie consigue explicar.

No corresponde a un articulista establecer conexiones que solo la justicia puede confirmar. Pero sí corresponde preguntar cuándo una sucesión de coincidencias deja de ser una simple casualidad para convertirse en una línea de investigación que merece toda la atención del Estado.

Porque una ciudad no puede acostumbrarse a vivir rodeada de preguntas sin respuesta.

Las desapariciones no solo están cambiando a las familias; están cambiando la forma en que Quito mira a sus propios hijos.

Después de cada caso, una madre llama una vez más de lo necesario. Un padre espera despierto hasta escuchar la llave girar en la cerradura. Un esposo vuelve a marcar un teléfono que ya no responde. Los jóvenes comparten su ubicación en tiempo real no por comodidad, sino por precaución.

Poco a poco, la confianza retrocede.

Y cuando la confianza retrocede, el miedo ocupa su lugar.

Las ciudades también enferman.

No les da fiebre.

Les da desconfianza.

Entonces cualquier esquina parece una amenaza. Cualquier demora de unos minutos se vuelve insoportable. Cualquier llamada que no llega termina convirtiéndose en una pesadilla.

Tal vez por eso la discusión ya no debería limitarse a cuántas personas aparecen y cuántas no. La verdadera pregunta es por qué cada vez existen más historias cuyo último capítulo conocido transcurre en medio de una rutina común.

Quito está acumulando demasiados últimos momentos normales.

Demasiados “ya voy”.

Demasiadas esquinas donde alguien fue visto por última vez.

Demasiadas despedidas que nadie imaginó definitivas.

Ojalá Pablo David Llanes aparezca con vida y ojalá Joselyn Oña vuelva a los brazos de su madre que la sigue esperando. Entonces estas palabras habrán perdido su razón de existir. Y ojalá así sea. Porque no existe mejor destino para una columna como esta que ser desmentida por un abrazo: el único argumento capaz de retornar la paz a un corazón atribulado.

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