Tras superar los devastadores incendios de 1896 y afrontar la caída del auge cacaotero, Guayaquil inició una marcada transformación urbana a comienzos de los años veinte. La migración del campo a la ciudad aceleró un crecimiento demográfico y territorial que pasó de 90.000 habitantes distribuidos en 484 hectáreas a superar las 35.400 hectáreas con más de tres millones de residentes en la actualidad. Durante este centenario, la expansión avanzó de forma planificada hacia sectores como Urdesa, Miraflores y Los Ceibos, mientras que la falta de planificación impulsó asentamientos informales en los Guasmos, Cristo del Consuelo y los bordes de la avenida Perimetral, sumado a la reconfiguración logística que supuso el traslado del puerto marítimo en 1963.
El desarrollo urbano continuó extendiéndose horizontalmente en las últimas décadas mediante ciudadelas en el norte, urbanizaciones en la vía a la costa y la conurbación hacia cantones vecinos como Samborondón y Daule. Sin embargo, arquitectos y urbanistas concuerdan en que esta dispersión territorial ha alcanzado sus límites físicos y financieros, generando severos problemas de movilidad e insostenibilidad en la dotación de servicios públicos. Proyectos como Puerto Santa Ana marcaron un hito inicial para la edificación en altura, un esquema que busca consolidarse como alternativa de planificación para el futuro de la urbe.
Ante este panorama, expertos señalan la necesidad urgente de redirigir el crecimiento metropolitano hacia una redensificación cualitativa y resiliente. Las propuestas incluyen implementar modelos de ciudades de 15 minutos y superficies permeables contra inundaciones, además de revitalizar el centro urbano con soluciones verticales, ampliar aceras arboladas, optimizar el transporte público e integrar parques lineales a lo largo de los frentes fluviales para garantizar la sostenibilidad y calidad de vida en la ciudad.








