El doble terremoto que golpeó la costa norte de Venezuela el pasado miércoles 24 de junio ha desencadenado una ola de solidaridad y dolor profundo dentro de la comunidad de migrantes venezolanos residentes en Guayaquil. Durante las primeras horas posteriores al desastre, la incertidumbre se apoderó de los ciudadanos debido al colapso total de las líneas telefónicas y los servicios de internet en el país caribeño, dejando a cientos de familias en Urdesa y otros sectores de la urbe a la espera agónica de noticias sobre sus seres queridos en zonas críticas como Caracas y el estado costero de La Guaira.
Ante la magnitud de la catástrofe, que ya contabiliza de manera oficial más de 1.400 fallecidos, la respuesta comunitaria no se hizo esperar en el puerto principal. El ciudadano Jorge López, residente desde hace ocho años en la ciudad, tomó la iniciativa de abrir las puertas de su restaurante ubicado en la avenida Víctor Emilio Estrada para transformarlo en uno de los puntos neurálgicos de recepción de donaciones; una campaña que cobró fuerza gracias al apoyo voluntario de repartidores en moto y ciudadanos ecuatorianos que acudieron de forma particular con cargamentos de agua, medicinas, alimentos no perecederos y vestimenta.
Detrás de las labores de clasificación y embalaje en el centro de acopio se esconden desgarradoras historias de pérdida y resiliencia, como la de Freddy Alejandro Monasterio, quien colabora activamente en el lugar tras confirmar el fallecimiento de cinco familiares directos, incluidos dos primos menores de edad, sepultados tras el colapso de su vivienda en La Guaira. Para otros voluntarios, como Rudy Márquez, las impactantes imágenes de la actual destrucción evocaron dolorosos recuerdos de la histórica tragedia de Vargas ocurrida en diciembre de 1999, motivando a las nuevas generaciones de domínico-venezolanos nacidos en Ecuador a sumarse a las brigadas de apoyo para canalizar los envíos de emergencia hacia los damnificados.








