La memoria humana tiende a idealizar el pasado, filtrando los momentos difíciles para construir un relato amable de la infancia a través de recuerdos de tardes en el parque, juegos y vacaciones. Sin embargo, más allá de la nostalgia y de las realidades complejas o traumáticas que muchos pudieron vivir, la ciencia identifica un cambio demográfico estructural en la forma de crecer. De acuerdo con el psicólogo e investigador Peter Gray en declaraciones al portal Ok Diario, las personas nacidas entre las décadas de 1960 y 1970 fueron las últimas en experimentar un modelo de niñez caracterizado por niveles de libertad, autonomía y resolución de conflictos que hoy en día resultan prácticamente inexistentes.
A diferencia del contexto actual, aquella generación creció sin pantallas, teléfonos móviles ni el estímulo constante de las redes sociales, lo que obligaba a los menores a gestionar el aburrimiento mediante la creatividad y el juego libre no regulado por adultos. Esta exposición directa a la calle y a los problemas cara a cara permitía a los niños explorar su entorno, asumir responsabilidades domésticas y negociar directamente sus disputas con pares. Según las investigaciones de Gray, este estilo de vida sin supervisión constante fue fundamental para desarrollar la tolerancia a la frustración, la independencia y el denominado “locus de control interno”, herramientas emocionales que proporcionaron a esa generación una resistencia clave para afrontar la vida adulta.








