Marilyn Monroe, uno de los mayores íconos de Hollywood, rompió con una de las normas no escritas de la industria cinematográfica de los años 50: el uso de fajas y corsés para moldear la figura femenina en pantalla. Según revelaciones de un amigo cercano de la actriz, Monroe se negó constantemente a utilizar estas prendas, algo que era habitual entre las estrellas de su época para lograr una apariencia “perfecta” según los estándares del estudio.

Lejos de ajustarse a esas exigencias, la intérprete defendía una imagen más natural de su cuerpo, incluso en escenas de películas emblemáticas como Niágara o El príncipe y la corista, donde su silueta reflejaba su figura real sin modificaciones extremas.

Esta decisión, poco común en una industria altamente controlada por los estudios, reforzó su imagen de autenticidad y contribuyó a que el público la percibiera como una figura más cercana y humana, en contraste con otras actrices de la época que seguían estrictamente las reglas de imagen impuestas por Hollywood.

Con el paso del tiempo, este gesto se ha interpretado como parte de su carácter rebelde dentro del sistema de Hollywood, donde Monroe supo construir su propia identidad más allá de los estándares impuestos por la industria.








