Los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron a Venezuela el pasado 24 de junio transformaron la habitual tranquilidad de la comuna El Aromo, ubicada en el cantón Manta, en una larga noche de desvelo e incertidumbre. Debido a los históricos lazos migratorios que unen a esta población manabita con el país caribeño desde la década de los sesenta, casi todas las familias del sector tienen un hijo, hermano, primo o tío residiendo allá. Tras conocerse la noticia del desastre, ocurrido cerca de las 18:04, la interrupción generalizada de las señales telefónicas y de internet en las ciudades venezolanas dejó a los habitantes de El Aromo pegados a las pantallas de sus celulares, intentando comunicarse sin éxito durante horas con sus seres queridos a más de 2.500 kilómetros de distancia.
Las respuestas y el alivio comenzaron a llegar a cuentagotas entre la medianoche y la madrugada. Residentes como Arelis López y Alexandra Alonso lograron finalmente enlazar llamadas o recibir mensajes de WhatsApp en los que sus familiares les confirmaron que se encontraban a salvo, aunque con el temor latente por las constantes réplicas que los obligaban a permanecer en las calles. Entre los reportes recibidos se detallaron escenas de pánico, hospitales saturados y daños materiales, como el colapso parcial de la vivienda del tío de López en Caracas. A pesar de la distancia, el fuerte remezón se sintió con fuerza en el ánimo de este rincón de Manabí, cuyas dinámicas, remesas e infraestructura civil han estado marcadas por el éxodo y el retorno entre ambas naciones.








