Entre 1910 y 1930, Guayaquil experimentó un intenso flujo migratorio que transformó su dinámica económica. Según investigaciones del historiador Ángel Emilio Hidalgo, comunidades de italianos, españoles, sirio-libaneses y migrantes chinos —estos últimos destacados en la apertura de fondas, bazares y venta de calzado— se integraron activamente al comercio local. Paralelamente, el desarrollo productivo se concentró en el sector del Astillero, teniendo como eje a la calle Eloy Alfaro, conocida entonces como la arteria industrial de la ciudad por albergar importantes fábricas y conectar con la emblemática calle de la Orilla (actual Malecón) y la calle Pichincha.
En esa misma zona del Astillero se mantiene firme La Universal, fundada en 1889 y considerada por sus vecinos como un ícono del sector. Residentes con más de cuatro décadas en el barrio recuerdan la constante entrada de trabajadores, el flujo de materias primas y el característico aroma a cacao que envuelve las viviendas aledañas, un rasgo cotidiano que forma parte de la identidad de la zona a pesar de los cambios viales e industriales sufridos a lo largo de las décadas.
La memoria tradicional de la ciudad también se conserva en el casco comercial a través de negocios históricos como el salón de té La Palma, operativo desde 1908. Famoso por sus dulces tradicionales, helados artesanales y antiguas vitrinas de bronce, el local se ha convertido en un punto de encuentro intergeneracional donde clientes habituales y ecuatorianos residentes en el exterior retornan año tras año para mantener viva una costumbre familiar que trasciende lo gastronómico.








