Estados Unidos e Israel se encuentran diseñando una operación militar coordinada, de corta duración pero alta intensidad, destinada a impactar instalaciones nucleares, depósitos de misiles y drones, así como la infraestructura energética de Irán. La planificación táctica ha incluido un incremento en las maniobras aéreas defensivas y ofensivas sobre el espacio aéreo de Irak, sumado a reuniones de alto nivel como el reciente encuentro en suelo israelí entre el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, y el primer ministro Benjamin Netanyahu. Esta acción se perfila para ejecutarse tras las elecciones legislativas estadounidenses del 3 de noviembre, luego de que el presidente Donald Trump frenara a principios de mes un ataque inminente cuando las fuerzas aliadas permanecían en máxima alerta.
La decisión de postergar las acciones armadas responde tanto al compromiso público del mandatario estadounidense de no entrar en una escalada bélica antes de la cita electoral, como a los precedentes de las incursiones realizadas entre febrero y abril. Dicha ofensiva previa no logró avances significativos en el ámbito diplomático y derivó en un encarecimiento global de la energía y en presiones inflacionarias. Por su parte, el gobierno iraní ha amenazado con una respuesta de mayor alcance que podría ir más allá de los objetivos militares convencionales, apuntando a centros de datos, cables submarinos de internet e instalaciones petroleras en Arabia Saudí.








