El Gobierno de la República Democrática del Congo (RDC) elevó a 2.011 la cifra de muertos confirmados por el brote de ébola declarado el pasado 15 de mayo en el este del país. Con 4.381 casos confirmados acumulados y una tasa de letalidad situada en el 45,9 %, la actual epidemia —la decimoséptima en la historia de la nación— se consolida como la de mayor número de infecciones en el registro histórico del país y se encamina a convertirse en la segunda más mortífera a escala global, superando paulatinamente los registros del brote de 2018-2020.
Las autoridades sanitarias informaron que 704 pacientes permanecen bajo aislamiento u hospitalización, mientras que 869 personas han logrado recuperarse favorablemente. Las intervenciones de contención se concentran en las provincias de Ituri —epicentro de la crisis—, Kivu del Norte, Kivu del Sur, Haut-Uélé y Tshopo, donde se han habilitado nuevos centros de tratamiento e intensificado los controles fronterizos. No obstante, los equipos de respuesta continúan enfrentando serias dificultades operativas asociadas a la resistencia comunitaria y la negación de la enfermedad en algunas localidades golpeadas.
El avance del virus se ve agravado por un diagnóstico tardío revelado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), que confirmó que el patógeno comenzó a circular desde febrero, acumulando un retraso de cuatro meses antes de la declaración oficial de la emergencia. Correspondiente a la cepa Bundibugyo —caracterizada por carecer de vacunas o tratamientos específicos autorizados—, el organismo internacional mantiene la alerta en nivel alto para la región subsahariana, aunque lejos de los niveles observados en la gran epidemia de África Occidental entre 2014 y 2016. Mientras tanto, la vecina Uganda logró dar por superado el brote en su territorio a finales de julio tras controlar los casos importados desde suelo congoleño.








