Estados Unidos reanudó sus ataques militares contra territorio iraní, interrumpiendo varias semanas de relativa calma y asestando un duro golpe a las expectativas de un pronto cese de las hostilidades en Oriente Medio. Según el Mando Central de Estados Unidos, la ofensiva aérea y naval tuvo como objetivo destruir instalaciones de lanzamiento de misiles y embarcaciones que presuntamente intentaban colocar minas en aguas del golfo Pérsico. Las detonaciones se sintieron con fuerza en las cercanías de la estratégica ciudad portuaria de Bandar Abás, provocando una reacción inmediata de los mercados financieros internacionales y un ligero repunte en los precios del petróleo, debido al temor global a un nuevo bloqueo en el estrecho de Ormuz, una vía por donde circula el 20% del crudo mundial.
A pesar de la reanudación de los bombardeos, los canales diplomáticos se mantienen activos en Doha, donde delegaciones de alto nivel lideradas por el canciller iraní Abás Araqchi y el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio discuten los detalles específicos de un borrador de acuerdo. Entre las condiciones clave de la negociación constan la reapertura del tráfico marítimo internacional y la liberación de 24.000 millones de dólares en activos iraníes congelados en el exterior. El líder supremo de Irán, Mojtaba Jamenei, emitió un pronunciamiento televisado donde minimizó el impacto de la incursión de Washington, asegurando que el gobierno norteamericano pierde influencia geopolítica aceleradamente y que las naciones de la región no servirán más como base operativa ni escudo para las fuerzas militares occidentales.








