El violento terremoto que sacudió el norte de Venezuela el pasado 24 de junio ha generado una profunda ola de angustia e incertidumbre entre la comunidad venezolana radicada en Manta. Para ciudadanos como María Chávez, las horas posteriores al desastre se convirtieron en una constante espera debido al colapso de las líneas telefónicas que impedía conocer el estado de sus familiares en Caracas. Aunque la mayoría de sus allegados reportaron encontrarse a salvo tras superar momentos de desesperación por la aparente desaparición de una sobrina, la preocupación persiste al ver la magnitud de los daños en los sectores populares de la capital de ese país.
La catástrofe actual, que ya registra un balance oficial de 2229 fallecidos, 10571 heridos y cientos de edificaciones colapsadas, ha removido dolorosos recuerdos históricos entre los migrantes. Nataly Naranjo, otra ciudadana venezolana que reside en Manabí, lamentó la destrucción total que se observa en el litoral de La Guaira, una zona costera con un fuerte componente turístico que históricamente le recordaba a Manta. Naranjo relató que muchos de los edificios de departamentos que colapsaron con este sismo habían sido construidos precisamente para reubicar a los damnificados de la Tragedia de Vargas de 1999, convirtiéndose en el epicentro del nuevo desastre.
Por su parte, Juan Machado, quien llegó a Manta en 2017 y trabajó en las obras de reconstrucción tras el terremoto de Manabí de 2016, comparó ambas experiencias y destacó la vulnerabilidad de las grandes ciudades venezolanas. A diferencia de lo observado en la costa ecuatoriana, donde predominaban los daños en viviendas de pocas plantas, Machado señaló que la alta densidad de edificios residenciales multifamiliares en el centro norte de Venezuela multiplicó el número de personas atrapadas tras los colapsos estructurales, manteniendo en vilo a decenas de familias que siguen pendientes de cada actualización informativa.








